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¿Qué puede sentir Juan Carlos Bolaños en la cárcel? (Tercera parte)

Este miércoles continuamos con la serie de trabajos sobre lo que puede que viva el empresario Juan Carlos Bolaños y el comité de crédito del Banco de Costa Rica (BCR) tras su captura el viernes anterior.

Ya repasamos experiencias de personas que han pasado por situaciones similares, iniciando por las celdas del Primer Circuito Judicial y hablando después del traslado en las famosas perreras.

En esta oportunidad les contaremos lo que se vive en la cárcel de San Sebastián, centro penal de sur de San José, destinado a retener a las personas que han sido indiciadas o acusadas y el proceso de juicio aún no ha terminado. Es decir, no han sido hallados culpables.

Según nos relatan nuestras fuentes anónimas, luego de que se da la entrega de los reos de los custodios del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) a los oficiales custodios de la cárcel, llega la hora del ingreso al centro penitenciario.

Lo primero es la auscultación, proceso que se hace a los reclusos a pesar de que son entregados por autoridades del OIJ, en el que son desnudados y revisados en cada parte de su cuerpo en la que puedan esconder algún objeto, como teléfonos celulares, paquetes de droga o algún tipo de arma.

Lo siguiente, a “La Manga”, un pasillo de unos 30 metros en el que los dejan esperando por varios minutos e incluso horas. Ese pasadizo es el que separa el área de los funcionarios y el de los reos.

Ahí, los recién llegados tienen el verdadero recibimiento, el que es de parte de los presos del lugar; donde arrancan de nuevo los gritos con sus insultos y amenazas de todo tipo, desde la muerte, hasta violaciones, prometidas para la misma noche de iniciación.

Según cuentan los entrevistados por Once Noticias, cuando se está en La Manga, lo importante es saber por quién preguntar cuando llegue el “mandadero”,  quien es el encargado de llevar y traer los mensajes en la cárcel. A él deben preguntarle por el “Jachudo”, el mandamás de la prisión, quien domina todos los negocios y a quien hay que reportase de primero.

El mandadero de una vez inicia con el interrogatorio de regla: ¿Vienen armados? ¿Los van a sacar? ¿Tienen plan de fuga? ¿Quién es el jefe de la banda? Una vez contestado todo esto y más, como sus nombres y crimen del que se les acusa, el mandadero se va a entregar la información a su jefe.

Mientras todo esto sucede, los policías penitenciarios o no ven ni oyen nada, o hacen como si así fuera. Al Jachudo es a quien deben pagar la protección, pues es él quien domina todo lo que pasa intramuros, lo que se mueve dentro de la cárcel, quién tiene problemas con quién, los negocios con presos y policías, por mencionar solo un poco.

La última conversación “formal” que tendrán con los oficiales, es la indicación de a qué modulo serán ingresados. Por lo demás, los policías no informan a los reos el motivo del arresto, a menos que sea por violación de menores o golpear a la madre; únicos dos pecados imperdonables en la cárcel. Quienes entren a prisión acusados de estos crímenes, tienen seguro que la van a pasar mal, llegando hasta a morir tras horas de golpizas, torturas y violaciones; sin que nada de esto se sepa afuera del centro penal.

A los módulos A1 y A2 van los privados de libertad menos peligrosos o quienes, a pesar de los cargos que tienen, como venta de droga, robo de carros, entre otros,  tienen buenos  patrones de convivencia. En los módulos B1, B2 y B3, meten a los miembros de bandas peligrosas y los reclusos que han tenido problemas durante su estancia.

En los módulos C1 y C2, los indiciados por delitos en los que no media violencia, médicos por mala praxis, notarios sospechosos de haber delinquido en su labor, presuntos funcionarios corruptos, así como los que tienen proceso por violación, ubicados ahí con la intención de protegerlos de otros presos. En estos últimos módulos es donde seguramente está Juan Carlos Bolaños.

Al entrar se les devuelven sus pertenencias básicas: ropa, zapatos, artículos de aseo personal. También se les entrega un plato y una cuchara, las cuales deben cuidar en serio, pues si las pierden o les son robadas, no les entregarán otras.

Una vez que se instalan ahí, llega el turno de conocer a quién manda en cada una de las celdas, una especie de “subjachudos”, que hay uno en cada unidad. Él de nuevo pide que se presenten los recién llegados y pide un pago por seguridad.

“De una vez lo miden a uno y le dicen un precio que debe pagar, puede ser ₡100.000 o medio millón. No importa el miedo que uno tenga, no debe mentir, si uno solo puede pagar ₡50.000, hay que decirlo, porque si uno les dice que va a pagar tal día y no lo hace, ahí sí es cierto que le va mal. En el mejor de los casos, un constante acoso, como que lo golpeen para despertarlo en medio de la noche y repitan ¿Va a pagar? ¿Va a pagar? ¿Va a pagar?”

Una vez pactado el precio, se debe contactar con el abogado, para que lo traiga en la próxima visita, solicitando un poco más, por aquello del peaje de los oficiales penitenciarios. Después de eso, no buscar problemas con nadie, aunque no se debe mostrar miedo.

Cuentan que mucho de lo se ve en las películas y la televisión es mentira, al menos en las cárceles de nuestro país, sin embargo, en muchas cosas es peor. La única regla que cumplir, honrar la palabra, la cual es más valiosa que el oro en prisión. Si se dice que se enviará un mensaje, hacerlo, que se conseguirá algo del exterior, cumplirlo; sobre todo, no entregar a nadie.

Con el paso del tiempo, los reclusos se van adaptando – si cabe la palabra – a esa nueva vida. Precisamente es eso de lo más revelador que han contado a Once Noticias las personas que han sido sometidas a estos castigos, desde que se entra ahí, cada uno tiene tres vidas.

En la primera, el Caso, el cual se hace eterno en esas condiciones. Cuentan que una vez que los indiciados estás tras las rejas, la Fiscalía se relaja, pues ya consiguió lo que quería y por ello no acelera el proceso, ya de por sí engorroso y lento. Si acaba el período de tres meses o seis meses de preventiva, tan solo solicita una extensión, para continuar con la recolección de pruebas.

Mientras tanto, el abogado pone apelaciones que son rechazadas una y otra vez. Y sin embargo, al ser la única esperanza, los reos intentan saber de sus defensores lo antes posible, preguntando de inmediato cómo va el caso, recibiendo ante cada pregunta, siempre la misma respuesta “estamos en eso”.

La segunda vida de los privados de libertad, es la que les queda afuera, la cual no se detiene, continúa su paso de siempre, con la esposa o la novia y sus necesidades, los amigos que siguen con su vida, los hijos creciendo y las cuentas acumulándose, las deudas y el resto de las obligaciones haciéndose más grandes, hasta que las cosas acaban de perderse o crecer a un tamaño con el cual se convierten en condena por sí mismas.

La tercera vida es intentar sobrevivir, permanecer con vida y con cordura. Pagar protección, no buscar problemas, no convertirse en lo que se ve día y noche en el centro penitenciario. No desesperar y quebrarse. No dejarse caer.

Cuentan que la muerte no es lo peor y que por ello muchos la escogen antes que continuar padeciendo esas tres vidas.

Por ello uno de nuestros entrevistados nos preguntó: “¿Cuán real es la presunción de inocencia? Si cuando uno es hallado inocente, ya ha perdido la mayoría de lo que tenía”.

 

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